FILOSOFIESTA

HACIA LA FILOSOFÍA DESDE LA DIVERSIÓN Y HACIA LA DIVERSIÓN DESDE LA FILOSOFÍA

El espantapájaros soñó un día que no era mudo. Que su corazón de paja era de verdad, y que su latido le traía vida a un cuerpo humano. Él no sabía que jamás llegaría a ser como el campesino que con tanto esfuerzo le creó.

Tenía brazos, también piernas. Y por ello no comprendía que razón le impedía andar, por qué sus brazos no podían bailar mecidos por el viento de la tarde. Llevaba ropas, al igual que su amo, pero nadie se paraba a hablar con él. Tenía boca, nariz y ojos, pero ni sabores ni olores percibiría nunca, si bien por alguna razón podía ver. Y lo que sus ojos le mostraban no eran alegres prados, ni altas montañas a las que admirar. Tan sólo tristes y eternos campos de trigo amarillento, como si de un mar de olas suaves se tratara. Pero eso no lo podía saber el espantapájaros, pues jamás vio el mar, ni creía poder ver algo semejante en el tiempo que de vida le restaba.

Más de un día intentó que sus extremidades respondieran a lo que su cabeza les demandaba, pero siempre en vano. Algo tan simple como quitarse el sombrero ante los grajos que, indiferentes, se posaban sobre sus inertes brazos habría significado todo un mundo para el espantapájaros. Desde el interior de su cabeza les gritaba, pues no podía hacerlo en verdad, ya que era mudo, y sus brazos y piernas seguían insolentemente en la misma posición. Aquello, su postración eterna, era algo que obsesionaba al pobre espantapájaros. Pasaron primaveras, inviernos .El espantapájaros seguía enzarzado en su lucha sorda por el control de sus miembros.

No vio al campesino pasar, no le vio marchar lejos de su tierra. Los antaño amarillos campos que le rodeaban se tornaron agrestes, sembrados sí, pero de mala hierba. El espantapájaros no se dio cuenta, no tenía tiempo de llorar a las desaparecidas espigas.

Un día creyó haber movido uno de sus dedos, el tercero, habría jurado, de su mano derecha. No sabía que el viento, travieso como un niño y por lo tanto cruel, jugaba con sus ilusiones, pues sabía de su lucha. Al día siguiente le movió otro, y a la semana el espantapájaros contempló asombrado como era su mano entera la que se movía al son de una danza que no podía oír, pues no tenía oídos. Tremendamente ilusionado, creyó que era él el que su mano controlaba, y le ordenó que desabrochara uno de los botones de su vieja camisa, pues siempre le había quedado muy prieta. Mas evidentemente todo esfuerzo fue en vano. Su mano se movía sí, pero no podía controlarla. La envidiaba, pues ella si que era libre, libre para moverse, libre también de lo que su cabeza le exigía. Y finalmente libre del cuerpo del pobre espantapájaros, pues el viento, en un alarde de crueldad, se la llevó una tarde de otoño. Y allí quedó como ruina de su ilusión un muñón hecho de paja.

Entonces fue cuando el espantapájaros perdió toda esperanza de poder correr algún día, perdió su ilusión por ser él quien sus pasos guiara. Y comenzó a llorar, pues milagrosamente también poseía esa facultad. Y el viento, arrepentido por su pueril proceder, decidió ayudar a su antaño víctima de travesuras. Sopló sobre los páramos con la fuerza de un tornado, haciendo que malas hierbas, malos recuerdos y un espantapájaros sin mano derecha volaran lejos, muy lejos de aquélla tierra baldía.

Y el espantapájaros nadó en el aire, bailó toda la noche lejos del suelo, mientras el viento le hacía cosquillas entre los botones de su ajada camisa. Sumido en su trance de movimientos, no se dio cuenta de que la paja que componía su triste figura se iba fugando de la cárcel de su ropa aprovechando las ráfagas del huracán, y que poco a poco se iba descomponiendo en la nada de la que procedía. Pero le daba igual, pues su sueño se había cumplido.

Y convertido en pequeños retazos, vio tierras infinitas teñidas del amarillo que tan familiar le era. Pero tras ellas aparecieron las grandes montañas, la lluvia, los rayos y los truenos. Y lo poco que quedó del espantapájaros se repartió por las cuatro esquinas del Mundo. El mar… el espantapájaros por fin reposó en el mar, mecido por leves olas unas veces y arrastrado por gigantescos tifones otras tantas, siempre en movimiento, nunca atado a ningún lugar. Pues el viento jamás permitiría tal tortura a su protegido.

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